Aprendí que quién no te busca, no te extraña, y quién no te extraña, no te quiere. Que el destino determina quién entra en tu vida, pero tú decides quién se queda. Que la verdad duele una sola vez, y la mentira cada vez que nos acordamos. Que hay tres cosas en la vida que se van y no regresan jamás: las palabras, el tiempo, y las oportunidades.

14 de marzo de 2011

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A veces hay que aprender a amar, y a dejar ir. 
A dar todo, y no esperar nada.
A no subir las expectativas, a no ilusionarse.

A veces hay que entender, que por más que un pedazo de alma se te escape en cada lágrima, no importa cuánto llores, él no va a volver.

A veces hay que llorar, llorar hasta que te duela el pecho y te falte el aire, llorar hasta que pierdas toda el agua que tengas en el cuerpo, llorar cómo si hacerlo solucionara algo.

A veces hay que escribir, a veces hay que gritar, que cantar fuerte, o hay que simplemente callar.

A veces necesitamos un abrazo de un amigo, un hombro donde llorar.
A veces no importa que sepamos que nada se soluciona, que la vida no termina, o que todos los consejos que te dan, tienen razón.
A veces simplemente QUEREMOS LLORAR.

Llorar porque duele, porque cada parte del corazón, del pecho, de la garganta, te piden que saques de una vez todo eso que tenés adentro.
El cuerpo, el alma, el corazón, todas las partes de tu ser NECESITAN QUE LLORES.
A veces no necesitas las palabras del más experimentado de todo tu círculo de amigos. A veces necesitas simplemente que se callen y te escuchen.

A veces necesitás encerrarte y llorar.
Llorar y recordarle a tu estúpido corazón porque maldito motivo estás llorando, y pedirle a gritos que deje de dolerle tanto, que deje de sufrir.


A veces necesitamos descargarnos, 
A VECES NECESITO LLORAR.


Y hoy es una de esas veces.